Relatos

La Firma

Os dejo un relato erótico que quedó finalista en el concurso «Noches de Satén» y fue publicado por la editorial Palin en el libro homónimo. Se llama La Firma y en él hablo de un hecho real que atañó al famoso escultor italiano Gian Lorenzo Bernini.

Octubre de 1638, Ciudad del Vaticano. Aposentos privados del Papa Urbano VIII

      —Su excelencia, el escultor está en la puerta. ¿Le hacemos esperar?

Entre blanca sábanas de seda y cobertores venecianos de roja lana pura la figura del Papa emerge envuelta en carcajadas. Las cosquillas de los amantes nocturnos aún palpitan en su piel.

      —Sí, será mejor que espere, decidle que enseguida salgo. Preparad la sala para el desayuno y dadme media hora más para que vengan mis ayudas de cámara a vestirme. Aún tengo pendiente un asunto que resolver —dice el Papa mientras una sonrisa diablesca deja entrever unos dientes algo amarillentos y unos ojos ávidos de pasión se dirigen al hombre que se ha recostado tímidamente sobre su pecho y lo acaricia con ternura.

El criado cierra la puerta tras de sí, no sin antes mirar a través de la rendija de la puerta medio cerrada. De entre las sábanas del Papa aparece un escultural cuerpo de mujer que estaba oculto bajo ellas.

El cabello de un oscuro azafrán le cae hasta los hoyuelos que se forman en la cresta de su trasero. Sus rizos se contorsionan en cascada sobre su espalda, sus formas de laúd son muy seductoras, su piel blanca como la leche. Se ha puesto de pie sobre la cama, dejando ver al hacerlo la forma de corazón de su trasero y su palpitante vulva.  El criado comienza a sentir cómo se hincha su miembro y sin poder apartarse de la puerta mete la mano en sus calzones.

Dentro la escena va subiendo de tono, los tres amantes entran en combate amoroso. La mujer se lanza sobre la grupa del afeminado joven, mientras éste está lamiendo el pecho del Papa. La cara de inocencia, pulcritud y bondad que suele exhibir Urbano en público ha cambiado, ahora una fiera se ha apoderado de ella. Los jóvenes caen junto a él, debido a la embestida de la mujer. Ambos se echan a un lado de la cama y comienzan a besarse, la mujer se recuesta cómodamente boca arriba y abre sus húmedas piernas para recibir al muchacho de blandas maneras, a su vez Urbano se sitúa tras él y lo somete.

El criado, no puede apartar la vista, se esconde tras la rendija, ya se ha sacado el pene de los calzones y lo frota con brío. Está a punto de llegar al clímax, cuando un grito aniquila sus impulsos.

      —Francesco, chè cavolo fai, sei uno sporco. Chiudi la porta e vai dal sculttore. Sta aspettando una risposta.

Francesco con la cara roja de vergüenza cierra la puerta y se recompone como puede. Se limpia las manos en su trasero y sale de la antecámara rumbo a la puerta de las estancias papales.

      —Buenos días, signore Bernini. El Papa le ruega que le dispense, que se retrasará mínimo una hora, pero puede esperar en el comedor, allí se ha dispuesto su mesa de trabajo, así podrá seguir realizando bocetos mientras espera. Sígame, por favor.

Gian sigue dócilmente al criado que lo conduce a través de los opulentos corredores del interior de las estancias, se fija en los frescos que cubren las paredes, en los delicados muebles de ébano y marfil, en las pequeñas figuras que enriquecen los sencillos pasillos y en los ventanales en los que el otoño despunta con su ocre vegetación. El camino no es desconocido para él, pero cada vez que lo recorre descubre cosas nuevas y se maravilla de cómo cambia su aspecto en las diferentes estaciones del año.

Al llegar se sienta en su escribanía, mientras los camareros corren nerviosos de un lado a otro. Se afanan en poner una mesa impecable, en crear un ambiente exquisito para los sentidos. Traen ricos manjares: frutas, quesos, frutos secos, leche, huevos, carne y todo cuanto un hombre pueda desear. Un opíparo desayuno solo para dos comensales — piensa Bernini.

Bernini intenta concentrarse entre tanto ruido. Dibuja cuerpos femeninos, contorsiones exquisitas, vestidos vaporosos. Se afana en la expresión de sus rostros. Suelta el carbón y coge la arcilla fresca entre sus manos, la masajea sensualmente y empieza a darle forma.

      —Bellos rostros, querido amigo. ¿Son imágenes para mi tumba? —Bernini se sobresalta al oír la voz de Urbano tras él, se ha abstraído tanto en su trabajo que no se ha dado cuenta de que el Papa había llegado.

      —Buenos días excelencia, son simplemente unos apuntes. Espero que los bocetos definitivos sean todavía más expresivos.

      —Sentémonos, estoy muerto de hambre, no he pasado una buena noche —le dice Urbano haciendo brillar una candidez fingida a través de sus ojos cansados y ojerosos —también debemos tratar otros asuntos.

Bernini obedece solícito junto al Papa, que come y bebe ávidamente. Lo observa, esperando su reprimenda, aún no puede probar bocado.

      —Bien, como sabrás, esta mañana no te he convocado para hablar de mi tumba, sino de tus escándalos amorosos. No quiero que tu comportamiento salpique tu obra y de refilón golpee la reputación de este papado. He estado dándole vueltas al asunto —dice Urbano, mientras se limpia la boca llena de grasa.

El Papa deja la servilleta sobre la mesa, se levanta y se dirige a un aparador cercano, sobre él yacen unos documentos. Se los acerca a Bernini.

      —Aquí tienes todas las cartas que me ha mandado tu madre apelando a mi clemencia y a nuestra amistad y este contrato. Si quieres seguir trabajando para mí, debes cumplir con lo que está aquí escrito. Fírmalo y te librarás de esta…

1 de diciembre de 1635, Roma. Jardines de Villa Borghese.

El frío había paralizado las fontanas de Villa Borghese, esa noche Roma se vio sorprendida por una nívea tormenta. Gian decidió salir de su taller, que estaba muy cerca del palacio a dar un largo y reparador paseo, para observar las figuras que había creado la nieve al impactar con sus tallas y con las copas de los árboles. Esa mañana esperaba la visita de un nuevo artesano que lo ayudaría en la elaboración de la tumba de una ricachona a la que estaba vendiendo no solo sus servicios como escultor, sino a la que también se ofrecía para otros menesteres más íntimos y placenteros.

Mientras caminaba, iban apareciendo en su imaginación las formas y figuras que habrían de decorar la mortaja. Esas imágenes tenían apariencia femenina y se contoneaban seductoramente llamándolo por su nombre. Un calor comenzó a recorrer el cuerpo del escultor, la escena cargada de erotismo se había apoderado de él, esas imágenes oníricas habían cobrado vida y ahora sentía una punzante necesidad de correr a aliviar su deseo en la soledad de su taller.

Cuando ya se encontraba a escasos metros del taller se percató de la presencia de un coche apostado junto al muro lateral. ¡Maldición! —pensó Gian, reprimiendo el deseo que lo quemaba.

Junto a la puerta un hombre alto, de talle fino y maneras delicadas, pelo oscuro, que le caía sobre los hombros, barbilla perfectamente rasurada y exudando olor a afeites y polvo de mármol le tendió la mano.

      —Buon giorno, soy Matteo Bonucelli de Lucca, supongo que usted será el maestro Gian Lorenzo Bernini. Es un auténtico placer conocerlo, soy un completo apasionado de su obra. Y que haya querido contar conmigo como ayudante es algo de lo que le estoy muy agradecido —le espetó el hombre de sopetón con un discurso que a todas luces estaba ensayado.

El muchacho parecía muy entusiasmado y miraba encandilado a Gian. El escultor se percató que un rostro escondido tras los cortinajes de la ventanilla del coche de caballos observaba la escena.

      —Disculpa Matteo, pero creo que nos observan —dijo Gian señalando hacia la ventanilla.

      —Sí, maestro, no se preocupe, es mi mujer. También admira su obra y no ha parado hasta conseguir acompañarme a esta reunión.

      —Pues dígale que nos acompañe, los invito a almorzar. Hoy he decidido no trabajar, la mañana se ha levantado estupenda para holgazanear y también esperaba su visita, así que pasemos y comentemos las minucias de nuestro contrato. Su señora puede venir y mientras nosotros tratamos nuestros asuntos, ella puede vagabundear por el taller y ver mis últimos trabajos.

Matteo obedeció a su nuevo capataz y se acercó al coche, desplegó la escalerilla y abrió la puerta. Una mano se deslizó desde el interior para asir la de Matteo. La figura de una joven mujer apareció teatralmente, Matteo la ayudó a descender. Mientras los caballos se agitaban nerviosos, unos bellos chapines nacarados se arrastraron por los escalones.

El maestro observaba la escena y a la mujer. Sus formas se dejaban intuir bajo los anchos pliegues de una blanca falda de lana repujada con finos bordados dorados y que terminaban en una acentuada cintura. Su busto se veía exuberante, apretado por un estrecho corsé dorado que enmarcaba el rostro más bello que jamás había visto nunca el escultor. Su cabellera tornasolada se recogía en una preciosa cascada de rizos sobre su alba nuca. Su nariz larga y perfecta repartía el rostro en dos partes completamente simétricas. Bajo dos ojos de un azul verdoso verdaderamente inquietante se esculpían los pómulos, ruborizados por el frío. Los labios gruesos, carnosos, rojos contrastaban con el color blanco del conjunto. Gian no podía dejar de mirarlos, ese rostro lo había cautivado hasta la médula.

      —Será mejor que pasemos, su mujer parece estar muerta de frío— le dijo Gian al matrimonio señalándoles la puerta de entrada.

Dentro Matteo hizo las presentaciones.

      —Señor Bernini, esta es mi mujer, Constanza Piccolomini. Ella está encantada de conocerle, pues es una ferviente admiradora de su obra.

      — Per me è un piaccere conoscerla —la voz de Constanza destilaba una sensualidad exquisita, arrastrando la -c de una forma deliciosa.

Los hombres se sentaron en un amplio sofá para hablar de los pormenores del contrato. El matrimonio viviría en una pequeña casa que se habían arrendado cerca del taller, percibiría 500 escudos romanos anuales, más todo lo necesario para su subsistencia.

Mientras hablaban la mirada de Bernini no podía apartarse del hipnótico movimiento de caderas de la mujer, que paseaba embelesada en los trabajos del escultor. Todo en ella era arte y como artista sus formas manieristas no le pasaban desapercibidas.

Desde aquel día Gian no dejó de pensarla, de soñarla, de esculpir su rostro en las imágenes de terracota que servían de boceto. Se quemaba por dentro y necesitaba a toda costa satisfacer la curiosidad que le provocaba la joven y su pasión desbocada.

24 de diciembre de 1635, Roma. Santa María del Popolo

      —Ite, missa est —dijo el sacerdote dirigiéndose a los congregados— e Buon Natale.

Los asistentes salieron de la iglesia, ya era pasadas la una de la mañana y habían cumplido con las prerrogativas de la Iglesia y de la Noche Buena. Los  congregados en aquella selecta misa tenían ganas de seguir la fiesta, entre ellos el joven matrimonio Bonucelli, que habían acudido junto a otros ayudantes del escultor y sus esposas.

Gian despidió a su madre y a hermano Luigi, con los que había acudido a la Misa de Gallo. Los jóvenes habían formado diferentes corros en la plaza y hablaban apasionadamente. Se dirigió hacia el corrillo donde se había situado el matrimonio Bonucelli y se introdujo en la conversación que versaba sobre las expresiones del amor en las facciones de estatuas de mármol. Gian escuchaba las diatribas de sus ayudantes, pero sus pupilas no podían apartarse de los labios de Constanza. Ella, que se había percatado de la mirada penetrante y lasciva del escultor, intentó esconderse tras un fingido halo de vergüenza e inocencia, apartando su mirada de la del hombre.

            —Hace frío aquí señores, si les apetece podríamos seguir la charla en mi casa —se ofreció Gian — el fuego está encendido y tengo exóticos licores, regalo de uno de nuestros benefactores.

Los jóvenes aceptaron la invitación y se dirigieron entre cánticos, risas y bailes a casa del escultor.

Al llegar Gian dio las órdenes precisas a sus sirvientes para que prepararan el salón principal. Se dispusieron licores y algunas golosinas, hizo levantar a los músicos que vivían en la misma casa y estaban contratados para tocar en el taller mientras Gian trabajaba. La chimenea crepitaba y esparcía un agradable calor cuando entraron los invitados.

      Los licores corrieron por las gargantas de los jóvenes y la música los embriagó, comenzaron a danzar y se dejaron llevar por la alegría. La fiesta fue degenerando, las conversaciones se hicieron más pasionales, más intensas, más sensuales. Gian había puesto sus ojos sobre el matrimonio y los analizaba. Se dio cuenta de que las preferencias de Matteo no recaían en su mujer, sino en un muchacho imberbe que trabajaba en el taller como recadero y con el cual hablaba escondido en una oscura esquina de la habitación. Se percató de cómo los dos se acariciaban, mientras Constanza aburrida estaba echada sobre un amplio sillón y bebía consciente de la situación.

       —Buona sera, Constanza — Gian se acercó a la muchacha que lo recibió curiosa —es una noche preciosa, ¿verdad? Te veo aburrida, tal vez no encuentras interesantes a mis ayudantes.

      —Buena sera, maestro, verdaderamente los encuentro vacíos. Sus conversaciones, aunque parezcan versar sobre temas profundos en realidad no son más que una exposición de convenciones vagas y generales. Aquí no hay nadie con el que pueda mantener una conversación interesante y de nivel.

      —¿Ni siquiera conmigo? —le preguntó Gian de forma pícara —salgamos de aquí y demos un paseo por la casa, quiero mostrarte algo.

Gian y Constanza dejaron el salón mientras el resto de los invitados habían abierto la caja de Pandora del desenfreno y se daban a placeres íntimos, a besos acalorados, a intercambios de pareja o desaparecían escabulléndose en las habitaciones contiguas.

Gian condujo a Constanza a través de los pasillos y se situó ante una gran puerta de ébano de formas manieristas. La abrió y los pupilas de Constanza se dilataron como platos: la biblioteca más grande y majestuosa que jamás había visto apareció ante sus ojos, que chispeaban con una pasión que encendió el ardor de Gian.

      —Dio mio, cuantos libros, qué magníficas estanterías, qué escribanía, qué ejemplares más raros —le decía Constanza, mientras se movía de acá para allá, leyendo el lomo de los libros, acariciando los muebles, corriendo entre los sofás.

Contanza tomó un libro y se dejó caer en el gran sofá que presidía la sala. Gian subrepticiamente se acercó a ella. Su joven rostro estaba encendido por tanta excitación. Gian puso sus manos sobre la blanca nuca de Constanza y comenzó a acariciarla tiernamente, la muchacha se sorprendió, pero no rechazó las caricias, movió su cabeza presa del placer que le producían las manos de Gian, que hábilmente encontraron el camino hacia su escote.

      —Maestro, soy una mujer casada —le dijo un poco asustada. La muchacha estaba confusa porque sentía una gran atracción por aquel hombre maduro y un timorato sentido de lealtad por su marido.

      —Pero insatisfecha, no creo que tu marido te haya hecho sentir una mujer jamás, porque tampoco él es un hombre. Déjate llevar, atraviesa conmigo los lindes del placer, desde que te vi no has salido de mi cabeza y quiero que experimentes conmigo tu cuerpo. —le dijo Gian, mientras sus manos se habían metido ya dentro de su vestido y habían conquistado sus pezones.

      —No puedo decirte que pares, porque todo mi cuerpo grita: Sigue. Así que hazme tuya, siempre te he deseado y lo deseo, deseo hacerme mujer entre tus manos.

El hombre sacó sus manos del escote, dio la vuelta al sofá, se situó ante ella y tomó su rostro entre sus manos.

      —¡Perfecto, un rostro digno de ser tallado! —dijo Gian mientras acercaba su boca a los granados labios de la muchacha con la que se fundió en un apasionado y húmedo beso, en la que su lengua exploró juguetonamente todos sus abismos.

El beso encendió a la joven provocándole un agradable escalofrío que terminó entre sus piernas, trayendo consigo una corriente que le mojó la ropa interior. Su vulva palpitaba y cobraba vida propia. Gian siguió besando a la mujer, el cuello largo y blanco, las orejas pequeñas y su escote recibieron las primeras caricias con la punta de la lengua. Las manos siguieron a éstas, le sacaron los pechos por encima del corsé, los estrujaron y prepararon para que la boca los succionara, los besara y los mordisqueara. Eran unos senos generosos, bien torneados, redondos y con unos graciosos pezones puntiagudos y rosados coronándolos.

Las manos de Constanza sintieron la necesidad de participar, buscando el pecho del él. Abrió la chaqueta y la camisa, bajó por unos pectorales morenos y bien formados y llegó a través de su torso hasta los calzones del escultor. Allí su pene se había erguido y luchaba por salir. La muchacha tomó el miembro con su mano y comenzó a menearlo. El rostro de Gian cambió, sus ojos se abrieron y dejó de lamer le pecho de Constanza. Respiraba entrecortadamente y resoplaba, la muchacha cambió su postura y se recostó tomando el miembro excitado entre sus labios. Gian permanecía de rodillas a horcajadas sobre la amplia falda de Contanza que mordisqueaba, lamía, chupaba y succionaba el nervoso pene.

En un momento donde la excitación estaba a punto de explotar, Gian se echó hacia atrás y sacó el pene de su boca. Cambió postura, cogió las piernas de Constanza, se puso de rodillas en el suelo, mientras ella se recostaba aún más sobre el sofá. Le quitó atropelladamente la ropa interior y se acercó a probar su fruto. Los suspiros de Constanza se enredaron con unos pequeños gruñidos que hacía Gian mientras se lamía los jugos femeninos. Con la boca resplandeciente, Gian se dirigió a los labios de Constanza y se besaron apasionadamente, mientras su pene erecto la penetró. Más fuerte, más rápido, más alto, más jadeante, más palpitante, hasta que ambos se deshicieron en un rítmico orgasmo.

      —Quiero hacerte un regalo, ven mañana al estudio, voy a hacerte un retrato y me gustaría verte completamente desnuda —le dijo Gian aún sofocado por el esfuerzo.

Ambos se vistieron rápidamente y sin demora se presentaron en el salón que en su ausencia se había convertido en una mezcla de cuerpos desnudos y sudorosos. El olor a sexo lo invadía todo. Constanza buscó entre ellos a su marido y lo encontró abrazado a un mancebo.

25 de diciembre de 1635, Roma. Estudio de Bernini

      —Estaba impaciente, no sabía si vendrías —le dijo Gian cuando abrió la puerta de su estudio —¿qué le has dicho a tu marido?

      —Le he dicho que querías hacerme un retrato, que mi rostro te fascina.

      —¿Y qué le ha parecido?

      —Le ha encantado la idea de que su esposa sea inmortalizada por el gran maestro. Nuestra relación, como pudiste comprobar, no es natural. Aunque, quiero que te quede constancia de ello, es la primera vez que yo me acuesto con alguien fuera de mi matrimonio. Jamás había disfrutado, fuiste muy sagaz al darte cuenta de mi insatisfacción.

      —Solo hay que ser un poco observador Constanza. Desnúdate, por favor, quiero ver tu cuerpo, pues solo he podido imaginármelo debajo de esas amplias faldas.

La mujer comenzó a deshacerse de los pesados pliegues de lana de su falda, de su apretado corsé, de la camisa y de la ropa interior para mostrar un cuerpo impresionante, totalmente desnudo a excepción de una estola de malta cibelina que se había colocado insinuante sobre sus rotundos hombros blancos.

Gian observaba la escena mojándose y mordiéndose los labios, la pasión lo arrastraba, la mirada de aquel cuerpo lo excitaba más que nunca ningún otro antes. Era de formas contundentes, piernas largas y torneadas, caderas anchas, cintura estrecha, senos abundantes, como gotas de rocío, cuello esbelto cual cisne y de una blancura casi celestial. Del conjunto sólo sobresalía su espeso pubis negro, sus pezones puntiagudos y sonrosados y sus labios rojos y carnosos.

      —Date la vuelta, por favor.

Contanza obedeció y con sensual maestría se giró para lucir una espalda bien definida, cincelada por un experto trépano que terminaba en un trasero redondeado y perfecto, mientras por encima de su hombro le dirigía una mirada felina bien calculada y cargada de pasión. Gian no resistió la visión y como un sátiro enloquecido se abalanzó sobre su ninfa. Cayeron los dos sobre la rica alfombra que abrigaba el gélido suelo del estudio y entre risas comenzaron un combate amoroso de lo más pasional. Los besos se fundieron con las arrebatadoras caricias, las caricias dieron pasos a los mordiscos, a los chupetones, a las succiones. Gian fue desprendiéndose de su ropa para mostrar el cuerpo de un hombre maduro, pero bien definido. Unos brazos musculosos y morenos, unas piernas rotundas y un pene largo, ancho, nervoso que miraba al cielo erecto. La experta mano del escultor se dirigió a su sexo y penetró en la cavidad violentamente. Comenzó a mover los dedos a un ritmo frenético, mientras con la palma de la mano golpeaba el clítoris que había aumentado su tamaño. Constanza no aguantó más y un gritó salió de lo más profundo de su ser cuando un torrente acuoso fluyó desde su interior, mojándolo todo a su paso. El rostro de satisfacción de Gian conmovió a la joven que se lanzó a buscar su pene e intentó devolverle el placer que ella había experimentado metiéndolo en su boca. La mirada salvaje de la mujer se mezclaba con sus rizos sueltos e impactaba con los ojos abiertos de Gian. El deleite poseyó al escultor que se dejó ir en la boca de ella.

Ambos cayeron muertos sobre la alfombra debido al esfuerzo y los orgasmos, pero cuando Constanza pensaba que ya todo había acabado y estaba recostada con los ojos cerrados jadeantes, sintió como el pene de Gian hurgaba su vagina y ésta comenzaba a palpitar trémula. Otra vez la corriente extática que había sentido antes se apoderó de ella y volvió a manchar la alfombra con el calor del líquido ambarino que salía a borbotones.

Ambos mojados y exhaustos se quedaron durmiendo.

      —Gian, es la primera vez que me sucede esto —le dijo la mujer mientras se vestía —aún el placer recorre mis huesos y me tiemblan las piernas, jamás, jamás antes …

10 de agosto de 1638, Roma. Estudio de Bernini

—Constanza, vístete —le dijo Gian después de haber terminado sobre su pecho —hoy tengo prisa, salgo de Roma, debo ir a Viterbo unos días. Me van a hacer un encargo y estaré fuera más de una semana. Lo tengo todo dispuesto y es casi la hora.

La mujer recogió su ropa de la rica alfombra y se vistió. Desde hacía meses la relación entre ambos se había deteriorado, el sexo había dejado de ser esa experiencia mística que ambos compartían para convertirse en algo cotidiano y sin sabor. Gian ajeno a los sentimientos y pensamientos de Constanza se había enamorado perdidamente de ella, pero había dejado el sexo de lado para dedicarse en cuerpo y alma al trabajo.

Gian estaba loco de celos, sentía que en realidad algo había cambiado y le habían llegado algunos rumores de buenos amigos, así que decidió vigilar de cerca a Constanza. El detective que había contratado para tal fin le advirtió de que tenía un amante. Pronto sabría quién era él, pronto se podría vengar de quien le robaba la atención y el lecho de su amada.

23 de Agosto de 1638, Roma. Posada La Vecchia Maria

Un halo de luz tenue se colaba a través de los grandes ventanales del edificio. Dentro el joven Luigi esperaba nervioso que Constanza llegara. Llevaban meses viéndose a escondidas de su hermano y del marido de Constanza. Se encontraban en casas de amigos que ayudaban a su pasión clandestina, en posadas escondidas en lo más hondo del corazón del Trastevere y en hospederías alejadas de la ciudad. Sabían del mal genio de Gian, de sus locos y vengativos celos y de la pasión que sentía por Constanza, así que ocultaban su amor de las miradas indiscretas de Roma.

Aquella tarde era la primera vez en mucho tiempo que no sobrevolaba la pesada presencia de Gian sobre sus cabezas y se sentían libres. Como se creían seguros decidieron quedar en una posada encantadora cerca de Villa Borghese. Luigi había llegado antes, Constanza se zafaría de su marido alegando cualquier visita femenina.

La puerta de la habitación se abrió y apareció Constanza vestida en traje de monta.

      —Pero mujer, ¿qué haces de esa guisa? Que yo sepa no eres precisamente una aficionada a la equitación. Si me dijiste que odias los caballos… —mientras Luigi hablaba Constanza comenzó a quitarse la ropa.

      —Le he tenido que decir a mi marido que hoy salía a montar con una amiga, que iba a intentar quitarme ese miedo que tengo.

      —Déjame que te ayude, sabes lo que disfruto viendo cómo te desnudas, aunque me causa mayor placer quitarte yo la ropa.

      Luigi se situó ante Constanza y comenzó a correr los cordones de su escultural corsé.  Mientras lo hacía el deseo atravesaba su cuerpo, poco a poco desnudó los turgentes pechos de la joven y comenzó a lamerlos y a mordisquear sus rosados pezones. Mientras el cuerpo de Constanza sentía el cosquilleo de la experta boca de Luigi, su sexo empezaba a experimentar placenteras contracciones. Cogió entre sus manos el rostro de Luigi y lo elevó hasta su boca, fundiéndose en un apasionado y húmedo beso. Sacó su pene erecto de los calzones, se recostó y lo acercó hacia sus pechos. La fricción del pene entre esas grandes rocas excitaba sobremanera a Luigi. Constanza se juntaba los pechos con las manos y cuando la punta del pene le llegaba a la barbilla, jugaba a intentar morderlo, mientras sus ojos penetraban más allá del alma de Luigi. El ambarino líquido brotaba ya del sexo excitado de Constanza. Luigi sacó su pene de sus pechos y acercó su boca al fruto prohibido, lo lamió con exquisitez hasta que ella no pudo más.

      —Métemela, métemela, quiero sentirla dentro —le espetó con palabras entrecortadas.

Luigi obedeció dócilmente y ella se abrió completamente para recibirlo. Él la embistió con todas sus fuerzas, mientras ella cruzaba las piernas sobre su cuello y se acariciaba con fruición los pezones. Cuando no pudo más cambió la posición, se convirtió en amazona de un sumiso corcel, que echado boca arriba sobre la cama miraba hipnotizado los gestos de placer de la muchacha. En el cabalgar Constanza sintió cómo llegaba el orgasmo, como ese torrente de agua salía expulsado de su vagina, mientras Luigi explotaba al unísono. Era algo que hacía mucho tiempo ya no experimentaba con Gian y se había dado cuenta que necesitaba. Tras terminar ambos jóvenes se echaron triunfantes y exultantes sobre el lecho, se acariciaron y hablaron libremente durante una hora.

Cuando ya la noche empezaba a despuntar decidieron deshacerse de su amoroso abrazo y separarse. Llevaban casi una mes sintiendo la libertad del amor y habían incluso perdido el miedo de ser descubiertos.

      —¿Por qué no hacemos una locura, Luigi? Salgamos a cenar a la luz del mundo.

Los jóvenes se vistieron y bajaron de la posada cual amantes cogidos de la mano. En la puerta un hombre semioculto por la oscuridad de la noche apareció.

      —Tenías que ser tú, malvado. Yo que te he cuidado siempre, que he procurado para ti una vida cómoda y una hacienda, tenías todas las mujeres del mundo y has tenido que mancillar a la que yo amo. A caso, no tenías suficiente.

La sombra de Gian comenzó a golpear a Luigi mientras le gritaba. Luigi se zafó como pudo e intentó huir, pero su hermano, más apto físicamente, lo cazaba rápidamente y le volvía a propinar otra serie de puñetazos. Sacó su espada y lo amenazó con una muerte que no pudo cumplir.

La lluvia de tortazos, golpazos y patadas pasó dejando tras de sí un rostro hinchado y un cuerpo lleno de moretones. Mientras, Constanza había intentado parar la pelea, explicarse, ayudar al pobre Luigi, que era muy inferior. No lo consiguió y decidió marcharse una vez que vio cómo se acercaba la policía a separar a los hermanos. No sin antes llevarse alguna torta de refilón.

Constanza llegó a su casa cubierta de lágrimas, su marido al verla le lanzó una mirada cargada de reproches. Él era cómplice de su disoluta vida, aunque le había advertido del carácter del maestro, nunca le creyó.

      —Constanza, cuídate mucho. Gian es un hombre muy vengativo y no ha terminado ni contigo ni con su hermano. Yo intentaré protegerte, pero él sabe demasiado de nosotros y de los tratos que rigen nuestra unión. Los hombres apasionados, son apasionados hasta para las venganzas…

Contrato privado ente Urbano VIII y Gian Lorenzo Bernini.

Tras haber analizado el caso se resuelven los siguientes términos:

1. Gian Lorenzo Bernini pagará una multa de 3000 escudos.

2. Gian Lorenzo Bernini tomará como esposa a una mujer digna de su rango y de su clase social.

3. Luiggi Bernini será exiliado de Roma por su relación con Constanza Piccolomini.

4. El esclavo causante de la desfiguración del rostro de la adúltera será condenado a prisión.

  5. La adúltera Constanza Piccolomini será presentada por su marido Matteo Bonucelli ante el tribunal eclesiástico y condenada como tal. Como castigo será recluida en el Convento de la Domus Pia di Urbe. 

En la Ciudad del Vaticano a 20 de octubre de 1638

Gian Lorenzo Bernini

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