Microrrelatos

La Idea

Hyrum aspira el olor del bullicioso mercado de Tiro. Las especias de un puesto cercano se mezclan con el de la carne, el pescado, las flores y, sobre todo, el mar. Ese olor lo reconforta, ha llegado a su destino. Varias jornadas para atravesar toda Fenicia, está exhausto, pero feliz. Espera hacerse un hueco entre tanta oferta. Mira alrededor: tenderetes de vasijas, de piedras preciosas, de maderas, de telas, animales para el sacrificio, caballos, camellos, un poco más allá un puesto libre. Ese será el lugar para establecerse, piensa.

Hyrum es un hombre avispado y, aunque nunca antes ha salido del poblado, sabe que tiene olfato para los negocios y que podrá hacer buenos tratos en la gran ciudad. Enseguida se da cuenta de los carteles de sus vecinos: los bueyes con un triángulo girado hacia la derecha y una línea que lo cruza; el pescado: una línea perpendicular con tres rallas horizontales; los camellos: una perpendicular coronada por otra horizontal algo torcida. Grafías simples pero con significados complejos.

Se da cuenta que él , en su tablilla de madera, no puede dibujar nada que sea reconocible por los demás: ¿Cómo pintar un servicio? Se dedica a crear palabras, a contar historias. No vende nada tangible, nada que se pueda dibujar con una simple grafía como la rueda, la puerta, el pez…

Comienza a dar vueltas en la cabeza a una idea, una posibilidad entre las miles infinitas. ¿Cómo poder dibujar amor, desesperación, felicidad o canto? Coge el punzón y una tesela de barro sin cocer y piensa “¿y si a estas grafías que todos conocen les doy un sonido?”

Hyrum, sin saberlo, ha tenido la idea que contendrá y perpetuará eternamente el resto de ideas. La idea que revolucionará y cambiará el mundo para siempre: Hyrum ha creado el alfabeto.

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